En los últimos cuatro años los diversos conflictos armados produjeron más de un millón de víctimas. ¿Hasta cuando seguirá el desangre de Colombia?
Han transcurrido ya cuatro años desde que la Comisión de la Verdad entregó su Informe Final y, con él, hizo una convocatoria que tituló Paz Grande, un llamado a la reconciliación nacional. Hoy, Colombia sigue siendo un país que desconfía del que piensa distinto, que no ha logrado salir del «modo guerra». En medio de la polarización que dejó la segunda vuelta presidencial entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, ese llamado cobra más urgencia que nunca.
Cuando se entregó el Informe Final, el país contaba con nueve millones de víctimas producidas entre 1985 y 2016. Hoy la cifra supera los 10,2 millones, contadas a partir de los registros de la Unidad para las Víctimas. El dato refleja que nos acostumbramos a vivir en una Colombia herida, y que a pesar de múltiples esfuerzos humanitarios y de paz, esta es una vena rota por la que nos desangramos como Nación.
Pero este no es un destino inexorable. Hay otra Colombia posible y la Comisión la vio asomar en las Casas de la Verdad, en los actos de reconocimiento, en las comunidades que decidieron perdonar sin olvidar. Las bases de ese futuro ya están escritas en el Informe Final y lo que falta es la voluntad de construirlas.
La paz es un imperativo que ningún gobierno, sin importar su orilla política, puede darse el lujo de ignorar. La Comisión fue enfática en que cada día de guerra aleja la posibilidad de la convivencia y la gobernabilidad. Le corresponde al Estado tomar la iniciativa para dialogar con los grupos armados que persisten en el conflicto, buscando siempre caminos de negociación o sometimiento a la justicia que detengan la guerra.
Esa tarea no es responsabilidad exclusiva de los presidentes, pues la paz no es solo un papel que se firma, sino una voluntad colectiva. La Comisión señaló que la raíz del conflicto también es cultural, y que la Paz Grande se construye en los acuerdos cotidianos que la sociedad civil hace o deja de hacer. El llamado, entonces, no se agota en la negociación con los grupos en armas, sino que debe ser un tejido social activo y permanente.

Llamamiento a la Verdad
En el marco del Acontecimiento de la entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad se llevó a cabo un ritual nombrado: Llamamiento a la Verdad, el cual, buscó generar un despliegue cultural y creativo en todo el territorio Colombiano, para unir voces, corazones, actos simbólicos y poner de manifiesto los retos que nos deja este legado.
Esa dimensión cultural explica por qué llevamos ya diez años de profundas divisiones, agudizadas desde el plebiscito de 2016, con el que el triunfo del “No” al acuerdo de paz. Esa consulta popular representó un golpe durísimo que fracturó a la sociedad en todos sus niveles. Esa fractura no se resuelve solo con un pacto político, que también es urgente, si no de un cambio de la conciencia personal y grupal, y de las relaciones entre las personas y de estas con las instituciones y la naturaleza.
La cultura de paz pasa por la verdad y la memoria. La primera para tener un piso común de realidad que aceptamos sobre lo que ocurrió, y la segunda para reconocer que la violencia ha marcado las trayectorias personales y colectivas de manera diferente. El horizonte de la reconciliación aun está por imaginar. Reconciliación no significa olvidar, ni repartir responsabilidades de manera simétrica. Hay responsabilidades diferenciadas, que van desde los perpetradores directos, hasta las responsabilidades políticas de instituciones que tienen el deber de protección a los ciudadanos. Estos dos elementos son claves para la no repetición, que es la verdadera esencia de un proceso de paz.

Amar a la gente y al territorio
Tres historias que muestran cómo el amor nutre los liderazgos y sostiene su legado, en medio de los impactos por la violencia.
Cuatro años después, la pregunta que dejó el Informe Final sigue intacta: ¿qué hicimos con la verdad que nos entregaron? Volver a leerla hoy no es un ejercicio burocrático, sino una manera de avanzar hacia una paz grande.

