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Arrodillarse ante el dolor

Imagen: Jurisdicción Especial para la Paz

Aunque no sea noticia de primera plana, muchas historias de perdón ocurren a diario. La Comisión de la Verdad facilitó varias de ellas, y ahora lo hace la JEP. Así se cumple, poco a poco, el acuerdo de paz.

Esta imagen de tres personas fundidas en un abrazo se volvió viral a finales de marzo. Se trata de una de las varias escenas ocurridas durante las audiencias de consolidación de verdad de la JEP por los asesinatos y desapariciones forzadas presentadas como bajas en combate en el oriente antioqueño. Rosalba Angélica Quintero de Giraldo y su hija Yésica Natalia le dieron públicamente el perdón al teniente retirado Andrés Mauricio Rosero Bravo, quien ordenó el asesinato de John Darío Giraldo Quintero en Cocorná (Antioquia), esposo y padre de ellas. Un momento estremecedor que nos recuerda que la paz es posible, si se acompaña de verdad y justicia.

En el mismo escenario, Édgar de Jesús Sánchez Restrepo, exmiembro del Batallón de Artillería No. 4, se arrodilló ante Marino Antonio Mazo Gómez, hijo de Blanca Olivia Gómez Cuervo, asesinada el 20 de mayo de 2004 en la vereda Santa Bárbara de San Luis (Antioquia) y presentada falsamente como baja en combate. Mazo aceptó el perdón de su victimario y sus palabras resonaron dentro y fuera del auditorio:

Señor Édgar, no se tiene que arrodillar. Si está de rodillas, está ante Dios. Yo lo perdoné a usted (…). Cuando a uno le piden perdón, lo mínimo que uno puede hacer es perdonar. Señor Édgar, lo he perdonado y no le guardo rencor. He orado por usted.

Crecimos escuchando sobre el perdón. Sobre él aprendimos en la religión; nos conmovió en la literatura, lo cantamos con la música, pero no siempre teníamos conciencia de su peso en la vida de las víctimas. ¿Cómo llega alguien a ese momento? ¿Cómo se perdona a quienes arrebataron vidas y destruyeron familias? La Comisión de la Verdad acompañó muchos actos similares a este, tanto con militares como con los exguerrilleros de las FARC-EP, como Elda Neyis Mosquera o Karina.

La Comisión también propició una reflexión sobre los valores que se necesitan en tiempos de transición. El perdón es uno de ellos.  El resultado es una colección de ensayos titulada Futuro en tránsito. Bertha Lucía Fríes, sobreviviente del atentado al club El Nogal, es una de las autoras de esta serie. Ella dice que es necesario aceptar que el pasado no va a cambiar, pero que se puede salir adelante sin seguir sufriendo. Ella quedó prácticamente inválida cuando la bomba que pusieron las FARC-EP tumbó el Club y una pared le cayó encima.

Fríes describe su propio camino como un tránsito por cuatro infiernos. Durante mucho tiempo alimentó su odio y amargura, hasta que empezó a escuchar las historias de los excombatientes y entendió algo que cambió su postura: ellos también eran víctimas.

El escritor Camilo Hoyos, por su parte, anota en Futuro en tránsito que, aunque él ha perdonado en su vida, su experiencia está lejos de parecerse a la de las víctimas del conflicto armado colombiano, cuyos agravios son inconmensurables. No obstante, Hoyos señala que la rabia que no encuentra salida no transforma nada, solo destruye. Quedarse en ella, escribe, es también una forma de perpetuar el castigo propio.

Libros Perdón Comisión de la verdad

Futuro en tránsito

Cada uno de los libros recoge posturas y reflexiones sobre la paz, inspiradas en una palabra que da el nombre a cada título de la colección. Son apreciaciones desde distintas regiones, artes, oficios, ideologías políticas y credos, para difundirse ampliamente en el país.

La Comisión llegó a la conclusión de que lo que hace posible ese tránsito, en parte, es la verdad. No la verdad como concepto abstracto, sino la concreta, la que se dice con nombre propio: quién dio la orden, qué pasó esa noche, dónde quedaron los restos. Fríes lo vivió así, durante trece años, las FARC negaron su responsabilidad en el atentado al Nogal, y fue solo cuando la asumieron de frente que algo en ella pudo moverse.

Las víctimas del Oriente antioqueño también recibieron eso en esas audiencias, la confesión dicha a la cara, sin eufemismos, con el responsable a un metro de distancia. Eso no borra lo ocurrido, pero cambia la geometría del dolor, porque deja de ser un peso que se carga solo y en silencio, y se convierte en algo que el otro reconoce haber puesto ahí.

Hay también una dimensión que pocas veces se nombra cuando se habla de estas escenas: el costo que tiene perdonar en público. Perdonar en Colombia, en ciertos contextos, todavía se lee como traición o como ingenuidad. Que las víctimas den ese paso frente a cámaras, sabiendo que después viene el escrutinio, las opiniones en contra, los cuestionamientos, habla de una valentía civil y de un futuro posible.

La pregunta que nos dejan las imágenes de Medellín es: ¿qué hace un país con ese gesto? Lo que ocurrió en esas salas es exactamente lo que el Acuerdo de Paz de 2016 intentó construir, la verdad dicha de frente como condición para que el perdón tuviera peso real, y el perdón como condición para que la no repetición no fuera solo una promesa en un documento. Colombia lleva años debiendo honrar ese intercambio. Esas familias ya pusieron su parte.

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Un espacio para reflexionar sobre los contenidos de la Comisión de la Verdad y su relevancia en las discusiones de hoy.

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