El Gobierno ha anunciado la suspensión de la programación de las 20 Emisoras de Paz creadas en cumplimiento del Acuerdo de Paz. ¿Qué significa esto para los territorios?
Las Emisoras de Paz no son un privilegio ni una concesión de un gobierno. Son parte de un compromiso de Estado derivado del Acuerdo de Paz. El punto 6.5 estableció la creación de veinte emisoras en frecuencia modulada en territorios especialmente afectados por el conflicto. Son veinte emisoras ubicadas 16 departamentos y 20 municipios que hacen parte de nuestra geografía de la violencia: Ituango, Bojayá, Tumaco, Buenaventura, Convención, San Vicente del Caguán, San José del Guaviare, Puerto Leguízamo, Arauquita, entre otros. Su creación respondió a una idea sencilla pero fundamental: si la paz debía llegar a los territorios más golpeados por la guerra, también debía existir allí una comunicación capaz de escuchar a sus comunidades y conectar sus voces con el resto del país.
Paralelo a su puesta en marcha, la Comisión de la Verdad analizó la responsabilidad de los medios de comunicación en el conflicto armado. Señaló que, en distintos momentos, los medios contribuyeron a reproducir estigmatizaciones, silencios y representaciones que alimentaron la polarización y la prolongación de la violencia. También resaltó su papel en el esclarecimiento de muchos de los hechos de violencia que han azotado este país, de los periodistas que en razón de su oficio fueron perseguido, asesinados, silenciados. Y reconoció el papel de muchas emisoras comunitarias en rehacer el tejido social y construir redes de apoyo y solidaridad.
Conoce sobre la escucha realizada por la Comisión de la Verdad con periodistas
Como parte de sus recomendaciones, hizo un llamado al Gobierno Nacional para construir una estrategia para la consolidación de una cultura de paz; a los medios públicos, privados y comunitarios, especialmente en los territorios, para que asumieran un papel activo en la transformación de los imaginarios y prácticas culturales. Es lo que ha pasado con las Emisoras de Paz.
Su importancia no radica solamente en transmitir información. Está en quién habla, desde dónde habla y quién escucha. En ellas tienen espacio las comunidades campesinas, las organizaciones sociales, las mujeres, los jóvenes, los pueblos indígenas y afrodescendientes, las víctimas y tantas otras voces que difícilmente encuentran lugar en los medios nacionales.
Durante décadas, muchos de esos territorios estuvieron sometidos al control de los actores armados. El miedo también determinaba qué podía decirse, quién podía hablar y qué historias podían hacerse públicas. Construir medios de comunicación públicos en esos lugares significó abrir espacios para recuperar la palabra y hacer visible una realidad que durante mucho tiempo permaneció distante del resto de Colombia.
Las Emisoras de Paz han permitido que los territorios le hablen a la nación y que la nación pueda escucharlos. Suspender su programación, para que solo se escuche música, significa perder esa posibilidad.
Las emisoras locales fueron un importante espacio para la difusión de la labor de la Comisión de la Verdad.
Esto ocurre justamente cuando desde el gobierno nacional se ha hablado de descentralización y de fortalecer los vínculos entre el centro y las regiones. En su sentido más hondo, esto implicaría que quienes han vivido históricamente en los márgenes puedan participar en esa conversación nacional, contar sus propias historias y ser reconocidos como ciudadanos cuya palabra importa.
Silenciar las emisoras de paz impide este diálogo y debilita uno de los pocos instrumentos que permiten, tal y como propuso la Comisión de la Verdad, avanzar en una cultura de paz desde los territorios que ponga al centro la vida y la perspectiva de la reconciliación.
Necesitamos más voces, no menos. Más periodismo desde los territorios, no menos. Más posibilidades para que las comunidades cuenten lo que viven y para que sus problemas, sus iniciativas y sus propuestas hagan parte de la conversación nacional.
Apagar una Emisora de Paz no es solamente apagar una frecuencia. Es cerrar un puente entre el territorio y la nación. Apagar estas emisoras significa perder espacios para la fomentar una cultura de paz y de reconciliación; que comunidades históricamente silenciadas sean escuchadas, fortalecer la democracia territorial y conectar sus voces con la nación.
