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El reloj del futuro | Carlos Martín Beristain

El mal del que hablan los adultos pasará.

Anel era entonces un niño bosnio de 8 años, que dibujó un reloj maltrecho cuando su maestra le propuso que dibujara el futuro, cuando la guerra de Bosnia aún humeaba en las casas y las fosas se repartían por el territorio. 

Cuando empezamos el trabajo de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad en Colombia, la frágil paz titilaba como un pájaro entre las manos. Cuando recorrimos los paisajes del horror del país, de la mano de tantas víctimas y poblaciones afectadas, gentes que habían sufrido en primera persona, generaciones que no habían conocido otra cosa que el miedo, muchas nos dijeron: expliquen por qué la paz nunca ha sido un proyecto de futuro, por qué la violencia se ha vuelto a reproducir una y otra vez.

El primer capítulo del informe de la Comisión se llamó La Colombia Herida. Y da cuenta del tremendo impacto de la guerra y la exclusión social, de las heridas que han formado parte de su historia reciente desde hace casi 80 años, heridas distintas, sí, que son de todos los lados. También habla de las memorias que nos habitan, de los recuerdos que nos marcan, de la polarización alrededor de los muertos que cuentan y los que no. El informe empieza a hablarle al país desde ahí, porque es también lo más importante que escuchamos. No hay historia compartida sin escucha. Esas verdades simples, en un país también habitado por la denuncia y la retórica, la resistencia y la formalidad. Colombia se ha construido con historias en espejo, y sigue necesitando puentes en esas verdades excluyentes. El primer factor de persistencia del conflicto es esa herida. Y ninguna herida se cura sin el bálsamo del respeto. 

Colombia tiene una enorme complejidad de historias vividas y territorios fragmentados, hasta ese país excluido, esa vida que no ha contado social y políticamente campesina, indígena, negra, que es donde habita hoy una violencia que no quiere dejar de ser pasado. Lo que nosotros llamamos factores de persistencia del conflicto armado, de la violencia, del terror y todos sus nombres, siguen siendo la impunidad y el narcotráfico, el modelo de seguridad y la concepción de la población como enemigo a eliminar, el proyecto paramilitar que corrompe los cimientos, la lucha armada que convierte a su vez a la población en objetivo, y una cultura arraigada en resistir, pero también en adaptarse a la indolencia o la legitimación, la eliminación del otro en tiempos, de nuevo, de la fuerza bruta.

Cuando la Comisión publicó su informe, parecía que miraba hacia atrás, aunque seguía hablando del presente. Hoy, una buena parte del mundo vuelve a las andadas de la guerra, y Colombia tiene mucho que decir en un escenario en el que la destrucción de la vida, de la gente y de la naturaleza se trata de nuevo de imponer. La Comisión habló también del porvenir. Las recomendaciones de la Comisión no son una agenda de parte. Son un proyecto de país, para discutirlo y para llevar a cabo las transformaciones necesarias, para no seguir arrastrando la sombra de la muerte. 

Este es un mensaje para la reflexión, ojalá. El informe de la Comisión es un territorio al que volver, porque fue construido con el mayor ejercicio de escucha que se ha hecho en Colombia, sigue estando presente y contribuyendo a explicar. El diálogo, el análisis y cumplimiento de las recomendaciones del informe de la Comisión son una parte de ese camino. No son la verdad absoluta, sino esa que tiembla entre las manos. El futuro de Colombia pasa por ampliar el círculo del nosotros. Por eso la Comisión le habló al país. La esperanza de Anel es la de muchos niños y niñas de Colombia. Ojalá sepamos escuchar ese reloj maltrecho y esa convicción de la esperanza. 

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